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La primera estrella del crepúsculo

La primera estrella del crepúsculo

El cielo, esa enorme extensión inalcanzable que siempre ha sido tan cautivadora para los hombres, posee todo un universo de historias sin conocer. Mucho se ha escrito ya sobre las estrellas, e incluso con las estrellas pues no se deben olvidar las muchas constelaciones que se han creado. Pero verdaderamente sobre las estrellas, ¿se ha escrito alguna vez? Esta es la historia de una estrella aventurera, grande y brillante, que quería ser leyenda en el lugar donde habitaba y que por osada ha quedado relegada a una posición solitaria en el medio del firmamento. Nos referimos, claro está, a la primera estrella que aparece cuando agoniza la luz del sol poniente.

Todo comenzó hace muchas eras, cuando las estrellas poseían cuerpos parecidos a los nuestros y eran lo único existente. Todas las estrellas, orgullosas de sus brillos, competían entre sí y con el día para ver quién era de entre todos la más brillante. Había grandes estrellas que solían ganar siempre, mientras que las pequeñas que a duras penas se distinguen en el cielo normalmente solo observaban la competencia.

Una de estas grandes estrellas era Yıldız, una de las más brillantes, y usualmente la ganadora de las competencias. El éxito constante de Yıldız frente a las otras estrellas causó que el ego de esta llegara a niveles, curiosamente, “estratosféricos”. A puntos tales que la ambición de esta estrella fue eclipsar el brillo del día mismo, cambiarlo por el suyo, cosa que desgraciadamente intentó.

Antes de que comenzara una de estas competencias Yıldız se decidió a cruzar hacia el lado del día, brillando cada vez más y más hasta quedar como un gran punto plateado en el cielo. Estaba convencida de que iba a poder ganarle al día y convertirse en una leyenda, pero no pudo eclipsar su luz, y consiguió quedar atrapada fuera de la noche, en el solitario crepúsculo.

El árbol que era capaz de proveer agua

El árbol que era capaz de proveer agua

Un profesor de literatura que tuve en la preparatoria, me decía: “las historias de los pueblos antiguos son las más interesantes, ya que ellos tenían la habilidad de transmitir imágenes utilizando solamente la transmisión oral”.

Y es que una de las leyendas canarias más lindas que pude encontrar fue aquella que hacía referencia a un árbol con propiedades mágicas, el cual era capaz de irrigar por completo a uno de esos cayos.

Los historiadores no se ponen de acuerdo en la denominación correcta que esta planta debe tener. No obstante, el más utilizado es el mote de “tilo”.

¿Se imaginan de qué magnitud tenía que ser ese árbol para concentrar tal continuidad de líquido? Recordando el ciclo del agua, sabemos que las áreas del planeta en donde además de gestación, es más probable que se produzcan grandes lluvias (Desde luego, estoy omitiendo deliberadamente los fenómenos que estamos viviendo en la actualidad derivados del calentamiento global y todas sus consecuencias intrínsecas).

En la edad antigua, los combustibles a base de hidrocarburos no existían, por tanto las condiciones ambientales eran mucho más estables. Lo que quiero decir es que justamente las dimensiones del árbol eran hercúleas, tanto así que en su copa se podían juntar cientos de nubes.

Desgraciadamente hay quien dice que unos conquistadores que llegaron a esa región y con engaños convencieron a uno de los gobernantes de la isla para que les revelara el sitio de localización específica donde se hallaba ese árbol.

Obviamente, el jefe de expedición de la brigada colonialista, ordenó a uno de sus subordinados la destrucción inmediata de la planta.

Tal vez la cuestión que más me incomoda acerca de los temas que tienen que ver con historia universal, es que o bien se nos presenta la visión de los vencidos o si no, tenemos a la mano la versión de quienes vencieron. O sea nunca sabremos lo que en verdad sucedió.